Dra. Zulema Trejo Contreras. Profesora-investigadora del Centro de Estudios Históricos de Región y Frontera en El Colegio de Sonora
Copia textual de El Sol de Hermosillo.
Alaska suele aparecer en el imaginario como un territorio en los límites de lo habitable: enormes extensiones, inviernos prolongados, temperaturas extremas y poblaciones distantes. En buena parte de su interior no hubo caminos; por muchos años, el acceso dependió de los ríos, los trineos y, después, del transporte aéreo. Sin embargo, esas condiciones no impidieron que ahí avanzara la colonización.
Entre 1893 y 1896 la explotación minera dio un impulso decisivo a la ocupación de zonas más frías. El descubrimiento de oro en Birch Creek, en 1893, favoreció el crecimiento de Circle City, cerca del círculo polar ártico. Tres años después, el hallazgo de oro en el Klondike intensificó el movimiento de buscadores de fortuna hacia Alaska y el Yukón. En poco tiempo surgieron campamentos, centros de abastecimiento y poblaciones donde antes apenas había recién llegados.
El oro hizo posible lo que el clima parecía desaconsejar. Miles de emigrantes aceptaron recorrer rutas difíciles, atravesar pasos cubiertos de nieve, navegar ríos peligrosos y permanecer durante meses en regiones donde el invierno podía convertirse en una amenaza. La riqueza producida fue considerable, pero también el costo humano. El frío, las enfermedades, las avalanchas, los accidentes durante los desplazamientos y los trabajos mineros cobraron vidas entre quienes llegaron convencidos de que encontrarían una fortuna.
Como ocurrió en otros espacios de frontera, el crecimiento fue tan rápido como frágil. Cuando disminuyó la producción o apareció un nuevo yacimiento, buena parte de la población volvió a desplazarse. Casas, almacenes y campamentos quedaron vacíos; algunos pueblos sobrevivieron, pero muchos otros no lograron consolidarse. Circle City, por ejemplo, perdió pronto a gran parte de sus habitantes cuando los buscadores de oro partieron hacia nuevos distritos mineros.
La experiencia de Alaska permite observar una constante de la historia. Las condiciones naturales pueden dificultar la ocupación de un territorio, pero rara vez la detienen cuando existe la expectativa de obtener grandes beneficios. Tanto el frío como el calor extremo, deja de ser un límite y se convierte en un obstáculo que debe vencerse. Quizá por ello la colonización del hielo no sea solamente una historia de resistencia humana frente a la naturaleza. También es una historia sobre nuestra capacidad para considerar habitable casi cualquier lugar cuando, debajo de la nieve o la arena, creemos que existe algo lo suficientemente valioso para poner a prueba nuestra capacidad de subsistencia en lugares donde las condiciones de habitabilidad son extremas.