Dr. Óscar Bernardo Rivera García, egresado del doctorado en Ciencias Sociales de El Colegio de Sonora.
Copia textual de El Sol de Hermosillo.
El 1 de junio se celebra en México el día del sociólogo y la socióloga. La sociología como disciplina significa –según el diccionario de Orlando Greco– la ciencia de la sociedad: estudia los fenómenos de la convivencia social, sus causas y efectos, su organización y tipos institucionales; en suma, su causalidad histórica y las pautas de su cultura ¿Qué significa esta definición exactamente?
Quien escribe estas líneas fue formado dentro de la disciplina sociológica. Como sociólogo, un acercamiento al significado de la definición propuesta por Orlando Greco puede realizarse a través de analogías. Lo anterior permite dimensionar la importancia que tiene la figura del sociólogo y la socióloga en la sociedad. Por ejemplo, formarse como sociólogo y socióloga implica aprender a mirar lo que otros prefieren no ver. En el vasto escenario nacional, donde la realidad compite diariamente con su versión oficial y, en ocasiones, la supera con creces, la figura del sociólogo y la socióloga aparece como un invitado incómodo que, en lugar de aplaudir, toma notas y observa. Su labor radica en recordar a la sociedad que aquello que parece “normal” también es una construcción social.
La sociología, lejos de ser un ejercicio de abstracción incomprensible, constituye una forma de interpretar la vida cotidiana. El sociólogo y la socióloga observan lo que parece trivial —el transporte saturado, la informalidad laboral o la cultura del “ahí se va”— y lo convierten en una radiografía de las estructuras sociales. Donde otros ven rutina, estos identifican relaciones de poder, desigualdades persistentes y mecanismos de adaptación que, si bien son ingeniosos, no siempre resultan justos.
Ahora pensemos en la sociedad como un río: en él, algunas personas pueden navegar con motor, mientras que otras apenas nadan para no hundirse. La socióloga y el sociólogo aprenden a leer ese río, a reconocer sus corrientes, sus remolinos y las desigualdades que lo atraviesan. La formación profesional comienza con la observación; sin embargo, no se limita a ella, sino que también implica una disposición crítica frente a la desigualdad. Ser sociólogo o socióloga en México es caminar entre grietas y puentes, nombrar lo que duele y lo que resiste, y comprender que, en medio de la desigualdad, también existen comunidad, ingenio y esperanza.
No se trata de poseer la verdad, sino de no dejar de buscarla en los recovecos de la interacción social. En una sociedad como la mexicana, tan abundante en rituales, simulaciones y entusiasmos colectivos, el sociólogo y la socióloga cumplen una tarea incómoda: desmontar certezas. Mientras el discurso oficial proclama avances, desde la sociología se observan matices; mientras la costumbre normaliza la desigualdad o la violencia, quienes ejercen la sociología se preguntan quién la sufre, quién la reproduce y quién la justifica mediante frases hechas.
Los sociólogos y las sociólogas son, en esencia, traductores de lo cotidiano. Toman aquello que parece natural —pobreza persistente, devoción religiosa, corrupción tolerada o el ingenio popular para sobrevivir— y lo convierten en objeto de análisis. En ese gesto, profundamente crítico, revelan que lo que parecía destino es, en realidad, una construcción social.
Desde luego, su labor no siempre es celebrada. En una cultura donde el ingenio popular, muchas veces, sustituye al análisis, el sociólogo y la socióloga corren el riesgo de ser vistos como quienes complican lo evidente. Sin embargo, esa “complicación” constituye precisamente su aporte: introducir preguntas donde antes había certezas y matices donde dominaba la simplificación.
Podría decirse que desde la sociología no se resuelven los problemas nacionales; no obstante, se realiza algo quizá más necesario: impedir que se olviden o que se reduzcan a eslóganes. En una sociedad habituada a convivir con sus propias contradicciones, esa tarea resulta fundamental. El sociólogo y la socióloga intervienen como lectores exigentes de ese relato colectivo: señalan sus omisiones, cuestionan sus énfasis y, en el mejor de los casos, proponen nuevas formas de entendernos.
En última instancia, la función del sociólogo y la socióloga no es dictar cómo debe ser la sociedad, sino ofrecer herramientas para comprender cómo es y por qué ha llegado a ser así. En un país donde entender suele ser el primer paso —y, a veces, el único posible— hacia el cambio, esta labor no es menor.
Muchas felicidades a todas las sociólogas y los sociólogos que, con su labor, contribuyen a la construcción de una sociedad más justa.