Paréntesis | Esto no es una despedida


colson

Karla Valenzuela, estudiante de la XI generación del doctorado en Ciencias Sociales de El Colegio de Sonora

Copia textual de El Sol de Hermosillo.

“Me tomó toda una vida: poco más de cuatro décadas pensando el asunto de la cultura. Pero, ¿cómo comenzó todo? Después de ese largo viaje, pienso en ésta como el mejor ingenio para entender las formas en que el hombre interacciona con otros hombres y con la naturaleza”, escribió no hace mucho tiempo el escritor Miguel Manríquez.

Hoy, a tan solo unos días de que el célebre autor falleciera, hay que retomar esta noción para reiterar que, en efecto, para comprender la cultura se necesita ineludiblemente, el mejor de los ingenios, y él siempre lo tuvo.

Por ejemplo, únicamente basta con vislumbrar la historia cultural de Sonora, desde mediados del siglo XX hasta el primer tramo del XXI para dar cuenta de su ineludible influencia. Poeta, escritor de siempre, investigador acucioso, cronista, promotor y gestor cultural, Miguel supo instaurarse como una figura fundamental del arte y, sobre todo, de los creadores sonorenses.

Como escritor, su obra, indudablemente, dio cauce a una voz propia surgida de y para Sonora, del mar, del desierto, instaurada en reconocer la geografía del territorio y, al mismo tiempo, ensalzar la inefable necesidad de ser y estar en este mundo. A través de sus textos – poemas, ensayos, crónicas o trabajos de recuperación histórica, permea una constante: la reflexión sobre la identidad.

“Desde hace décadas soy muchos. Así aprendí que soy porteño, latinoamericano, norteño, indio y fronterizo inmerso en históricas geografías de poder. Vivimos en interacción cotidiana con el país vecino, dependencia y subordinación entre ambos lados de la frontera. En otras palabras, habito un espacio geográfico en permanente redefinición que cambia aceleradamente todos los elementos que la constituyen con efectos culturalmente conflictivos”, enfatiza Miguel en su texto “Veneros”, de su Urantia.

En su fase de historiador, Miguel ha sido muy importante en la recuperación y preservación de la memoria cultural de la región. Trabajos documentales y de divulgación ayudaron a rescatar personajes, procesos e instancias que habían quedado olvidados en los relatos oficiales. 

Además, desde su extraordinaria visión de que cultura va mucho más allá de la escritura, y que incluso se construye día a día desde los espacios, las políticas y, por supuesto, desde las relaciones personales, participó de manera continua en proyectos que reforzaron la infraestructura cultural del estado, y contribuyó a apoyar a nuevos talentos locales que, más temprano que tarde, han logrado brillar a nivel nacional e internacional.

“Yo no soy un experto en todo”, me dijo un día, “pero de todo sé un poco” y, a propósito de lo anterior y de lo que yo, afortunadamente, tuve oportunidad de aprenderle, debo recalcar que, para mí y para muchos, Miguel era un gran intelectual, un filósofo de su tiempo, pero, sobre todo, era un maravilloso guía y amigo.

Varias generaciones, desde la suya hasta la más reciente, de escritores e investigadores, le agradecemos su genialidad y, más aún, su actitud siempre empática, ansiosa de enseñar y aprender todo el tiempo.

Yo le agradezco su legado, pero, más que nada, le doy gracias por su amistad eterna, su respaldo infinito, las interminables charlas, las risas, los proyectos realizados y, también, los que se quedaron en el tintero. Le agradezco los recuerdos que me deja.

Miguel Manríquez Durán ha fallecido, pero él vive y permanece con todos los que lo queremos. El poeta ha vuelto al mar, pero se queda con nosotros para siempre.


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