Dra. Zulema Trejo Contreras. Profesora-investigadora del Centro de Estudios Históricos de Región y Frontera en El Colegio de Sonora.
Copia textual de El Sol de Hermosillo.
A finales del siglo XIX y a lo largo del XX, Europa fue un laboratorio político donde se intentó resolver, a través de la creación de nuevos Estados, problemas profundos de diversidad étnica, religiosa y cultural. Muchos de esos países nacieron del convencimiento —o de la esperanza— de que una frontera y una corona bastaban para unir pueblos con historias, lenguas y memorias muy distintas. La experiencia histórica demuestra que, en la mayoría de los casos, esa apuesta tuvo una vida breve.
Varios de estos Estados se formaron a partir de la combinación forzada de orígenes raciales distintos, tradiciones culturales divergentes y religiones que durante siglos habían convivido más en tensión que en armonía. Su creación respondió menos a procesos internos de integración que a decisiones diplomáticas tomadas en congresos internacionales, mesas de negociación o como consecuencia directa de guerras. El resultado fue, con frecuencia, una estabilidad aparente sostenida por equilibrios frágiles.
Un ejemplo revelador es el Reino de Serbia, consolidado como Estado moderno a finales del siglo XIX. Su proyecto político buscó articular distintas identidades eslavas bajo una monarquía fuerte, pero arrastró tensiones internas y externas que nunca se resolvieron del todo. El asesinato del rey Alejandro I, en 1934, simbolizó no solo el fin de un monarca, sino también el colapso de una idea de unidad que había sido constantemente cuestionada.
Otro caso extremo fue el Reino de Croacia, proclamado en 1941 en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. Aunque existió formalmente como monarquía, en la práctica fue un Estado nominal: su soberano, Tomislaw II, jamás residió en el país ni ejerció un poder real. Aquella corona fue más un recurso político que una institución efectiva, y su fugacidad dejó claro que un reino sin arraigo social difícilmente puede sostenerse.
No todas las experiencias fueron fallidas. Bulgaria y Rumanía lograron consolidarse como reinos relativamente estables durante varias décadas, articulando proyectos nacionales más coherentes. Yugoslavia, por su parte, surgió tras la Primera Guerra Mundial como un ambicioso intento de unificar a los pueblos eslavos del sur. Sin embargo, su derrumbe durante la Segunda Guerra Mundial mostró que incluso los proyectos más sólidos pueden resquebrajarse cuando las tensiones internas se combinan con presiones externas.
La historia sugiere, con cierta claridad, que los países creados principalmente por intereses diplomáticos y equilibrios internacionales tienen pocas posibilidades de prosperar a largo plazo. Sin afirmaciones tajantes, la experiencia invita a pensar que la viabilidad de un Estado depende menos de su diseño en el papel y más de la profundidad de los vínculos históricos, sociales y culturales que logre construir entre quienes lo habitan.